domingo, diciembre 02, 2007

Paraísos a la vuelta de la esquina

Siempre me ha fascinado eso de que en América Latina haya pozos de agua termal ardiendo en lo alto de una montaña nevada. Por algún motivo, tendemos a fijarnos más en lo que está a miles y miles de kilómetros de nosotras que en lo que podríamos disfrutar cada fin de semana, con sólo conducir dos horas.

Hoy he descubierto las pozas de Arnedillo, en La Rioja.
Junto al lujoso balneario que pocos bolsillos pueden permitirse visitar, mana un río con las mismas aguas en el que las familias y las parejas (y las personas solas, claro) se bañan gratis y, tal vez, con más alegría e ilusión. Los 40º de temperatura del agua contrastan con los 8º que marcaba el termómetro fuera de ellas. No me he animado a meterme pero prometo hacerlo, a ser posible de noche y en buena compañía.


En concreto, con una compañía (a la que algunos conocéis como Tomara!, que espero que me perdone este striptease) que me ha regalado un fin de semana inolvidable. Me citó en Logroño para recorrer en su furgoneta unos paisajes llenos de contrastes que son toda una lección de humildad para las vascas prepotentes que, como yo, nos creíamos que al sur de Álava todo es llano y amarillo. Destino: Soria. A la ida hemos descubierto paisajes de rocas rojizas que recuerdan al lejano Oeste; valles verdes incluso en invierno con una biodiversidad abrumadora; pueblos de piedra escalonados sobre montañas; huellas de dinosaurio a la orilla de la carretera; hemos pisado nieve en las montañas de la sierra Cebollera...
Fuimos a Soria siguiendo el rastro de dos amantes célebres, el poeta Antonio Machado y Leonor, que pasearon la ciudad en sus diez años de romance y ternura hasta que ella falleció. Soria es pequeña y tan acogedora que en ella es imposible sentirse turista. Nos resultaron más lejanas el tipo de gentes que la habitan que las casitas del casco viejo, que no se diferencia mucho de los barrios antiguos de otras ciudades de la región (en la foto, como lo recorrimos: de noche y bajo la lluvia).
Al día siguiente visitamos las ruinas celtíberas y romanas de Numancia; nos quedamos sobrecogidos con una región de tierras grises y secas sin apenas vegetación, casas o animales que las poblasen (yo decía que sólo faltaban las hienas); descubrimos pueblos abandonados; comimos muy rico -incluída una sorprendente morcilla dulce que condimentan con canela y anís y acompañan con mermelada- en Yanguas, un precioso pueblo de piedra, coronado por un castillo semi-derruído; nos acercamos a los pozos de Arnedillo y ya, de ahí, tuvimos que volver a separanos en Logroño. Gracias, lindo, ha sido muy especial.


Os dejo con la banda sonora de nuestro viaje (no me funcionan las webs de poner canciones, así que os dejo con los vídeos):




Nota: Escribo tan seguida esta entrada porque me niego a que los energúmenos citados monopolicen (además de la agenda mediática y política) mi blog y mi vida.

3 comentarios:

RGAlmazán dijo...

Hola June. No me extraña que esté cabreada, como toda la gente de buena voluntad, pero como tu dices que no mediaticen y monopolicen nuestra vida. Yo les ingnoro en el blog, porque harían que saliera lo peor de mí.
En cuanto a la entrada en sí, me parece un viaje ideal. Arnedillos no lo conozco, sin embargo Soria es una ciudad casi perfecta, bonita, acogedora, manejable, se come bien, sólo un problema: el frío.

Salud y República

Itsaso dijo...

Hace poco pasaron mis padres por Soria y decian lo mismo, precioso, y que vayas donde vayas puedes estar solo de la poca población que hay.

Martín Bolívar dijo...

Increíble. Acabo de publicar un post y busco tu web y me encuentro con este comentario estupendo, como tantos otros en que no me atrevo a comentar para no añadir cosas innecesarias, que hasta pueden estropear o contaminar el texto original, pienso tontamente. Tu blog es un paraíso refrescante, tropical como el Caribe.