sábado, septiembre 16, 2006

Cuéntalo y se acabará


Es lo que asegura es lema de una campaña televisiva contra el acoso escolar (los términos ingleses me parecen horteras e innecesarios). Yo no estoy muy de acuerdo.
Os cuento mi experiencia personal: me cambié de escuela a los 13 años y me tocó una clase en la que había unos cuantos impresentables. Mi versión es que el cabecilla de ellos me tiró los trastos y le rechacé. La versión de él es que apostó un katxi de kalimotxo a que le besaría a la primera de cambio. La versión del resto es que no tenían motivos para meterse conmigo, que simplemente me tocaba por ser la nueva. Sea como fuere, tuve a toda la clase, menos a dos personas, insultándome cada día, haciendo chistes, imitándome, tirándome objetos… No lo hacían en el recreo ni en el comedor (como en el anuncio) sino durante las clases delante de los profesores. En dos ocasiones, con profesores distintos, terminé saliendo de clase corriendo y llorando y ninguno de los dos profesores tuvo la delicadeza ni de preguntarme lo que pasaba.

De hecho, es complicado que los profesores se impliquen cuando ellos mismos también sufren agresiones. Había en mi clase la típica profesora fea, fea (la llamábamos Manolita Gafotas). Estaba asustadísima, le temblaba la voz y todo. En clase, los mismos bestias que me insultaban hacían concurso de quien le daba en la cara con el borrador. Ninguno fue expulsado por ello.

Contárselo a los padres es complicado. Yo no lo hice porque no quería preocuparles.
Así que no tengo ni idea de cuál es la solución. Lo mío fue hace nueve años, mucho antes de que se suicidara este chico de Hondarribia. Puede que ahora los profesores estén más concienciados y se den cuenta de que es todo un problema. Un problema que se arrastra durante muchos años. A mí sólo me acosaron durante un curso, pero los tres siguientes seguí teniendo pánico a hablar en clase o salir a la pizarra. Me ponía en la última fila porque si me sentaba más adelante y oía reírse a los de detrás siempre pensaba que se reían de mí. Ahora que en la universidad me he integrado a la perfección, se me ha pasado un poco, pero hay una cierta inseguridad y una necesidad permanente de sentirme aceptada que creo que llevaré conmigo toda la vida.

Como digo, no sé cuáles son las soluciones. Supongo que los orientadores y psicólogos de los institutos deberían hacer un seguimiento más cuidadoso. En mi instituto esa figura del orientador era un simple adorno que como mucho repartía unas fotocopias a final del curso sobre carreras universitarias y ciclos formativos. Podrían dar cursos a padres y profesores para que aprendan cómo hay que actuar frente a estos casos. El arbitraje parece una solución bonita pero creo que en la mayoría de los casos no va a ser más que un paripé por parte del agresor. Igual sería más eficaz obligar a los agresores a consultas periódicas con el psicólogo porque con esto pasa como con la violencia contra las mujeres: la atención se dirige a las víctimas cuando quien necesita terapia es el agresor.

Bueno, a ver si no hacen falta más casos como el de Jokin para que se empiecen a desarrollar programas de este tipo y que los padres y los profesores dejen de ver el acoso escolar como simples chiquilladas.

1 comentario:

Maite dijo...

En realidad no es tan facil como decir "cuentalo y acabara", pero en parte puede resultar mas facil sobrellevarlo si lo cuentas.
Hablo desde la experiencia personal. A los 10 años me cambie de colegio (ya era como el 5º) y a una de las chicas de mi clase que tambien era nueva (como casi todos ya que el colegio era practicamente nuevo), le dio porque yo le caia mal sin conocerme siquiera.
La comunicacion con mi ama siempre fue muy buena, le cuento todo. Al principio las cosas no eran muy graves, pero despues tuve que aguantar todo tipo de insultos y, lo peor, estar sola.
Los profesores no se daban cuenta del problema porque generalmente en clase todo iba con cierta normalidad. Pero el hecho de que mis padres me apoyaran cuando lo pasaba mal, cuando ideas locas se me pasaban por la cabeza, ayudo mucho a que pudiera seguir siendo la misma y que, al cambiarme nuevamente de colegio, me puediera integrar bien.
Esto tuve que aguantarlo durante 3 años y para mi fue fundamental el apoyo de mis padres. Por eso me parece que quiza el contarlo no soluciona el problema de raiz, es decir, los chicos no dejaran de hacerlo, pero puede soluconarlo mas superficialmente, sin que nadie acabe suicidandose.