
Si en los dibujos animados la gente tiene un angelito a un lado y un demonio al otro, mi angelito es Ernesto Guevara en Diarios de Motocicleta (solidario, intrépido, revolucionario, internacionalista) y el demonio Carrie Bradshow, la fabulosa protagonista de Sexo en Nueva York.
La serie cuenta las peripecias de cuatro amigas: Carrie, adicta a los zapatos y a un hombre con problemas para comprometerse, escribe la columna Sexo en Nueva York en un periódico; Samantha es una relaciones públicas segura de sí misma (o por lo menos lo intenta aparentar) y muy promiscua; Miranda es la abogada agresiva, independiente, sarcástica y escéptica respecto al amor; Charlotte, por último, dirige una galería de arte y sueña con encontrar un príncipe azul. Cuatro estereotipos marcados que resultan ser mucho más complejos. Cuatro corazas que a lo largo de la serie se van agrietando poco a poco. Primero son cuatro mujeres solteras, poderosas, atractivas, que disfrutan de una vida sexual libre y plena. Sin embargo, poco a poco aparecen sus inseguridades.
La serie es famosa por mostrar el sexo desde el punto de vista femenino sin tapujos. Las protagonistas llaman a las cosas por su nombre, y sus historias dan pié a narrar los aspectos de las relaciones que siguen siendo tabú. No voy a entrar en más detalles que estamos en horario infantil. Pero, pese a ser tan explícita, la elegancia de las protagonistas evita caer en lo soez.
La gran pega de la serie es lo clasista que es. Las cuatro mujeres ganan mucho dinero que les permite almorzar en los restaurantes más caros de Manhattan, comprar zapatos de Manolo Blanhik y ropa de Dolce y Gabanna, salir de fiesta a diario por los locales de moda, ir a la ópera y al ballet...
Y ahí entra el dilema de ser de izquierdas. No creo que haya una mujer, por muy revolucionaria que sea, a la que no le atraiga ese estilo de vida. Sin caer en ese consumismo tan exagerado e irreal (en todos los reportajes sobre la serie se recuerda que Carrie, con su sueldo, no podría permitirse comprar Manolos) pero disfrutando de la moda, la cultura, el lujo (dormir en la suite del Plaza, por ejemplo)y el alterne con intelectuales y artistas.
Defendía en otro blog que los conceptos "proletariado" o "clase obrera" me parece obsoletos. Considero un error renegar de lo burgués. El problema de lo burgués es que no todo el mundo puede serlo. En un mundo plagado de guerras absurdas, sida, hambrunas y tantas otras lacras, resulta grosero gastarse el sueldo en zapatos. Pero eso no hace que el hecho de disfrutar de la cultura (incluída la moda) o incluso ganar dinero sea algo malo en sí mismo. ¿Por qué hemos de imaginar un mundo utópico en el que todos seamos obreros de vida austera? Yo prefiero soñar con que, si luchasemos como Che Guevara, algún día podríamos disfrutar como Carrie Bradshow sin hacerlo a costa de la miseria de medio mundo.
La serie la emiten en Antena 3 a las dos de la madrugada (es que el porno al parecer puede emitirse a las 12 pero las peripecias de unas mujeres sexualmente activas no) pero ¿quién quiere televisión teniendo Emule (o Ares, que va mejor)?







